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Miguel Hernández: «Canto a Valencia» y «Vientos del pueblo»

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Miguel Hernández, poeta oriolano, cantó a Valencia y a España. Lejos de las actuales visiones sesgadas, para él Valencia era todo lo que se encuentra entre el Sénia y el Segura, y España era una patria grande y diversa.

Se añora hoy la visión que Hernández, hombre de izquierdas, tenía de Valencia y de España, cuando las actuales izquierdas vocingleras tienden a la fragmentación del Reino de Valencia y a los cantonalismos, a la adhesión de Valencia a la gran entelequia de aldea catalana, y a la concepción de España como «engendro de retales cosidos a la fuerza por el fascismo», en contraposición a la visión monolítica de «una grande y libre» monolingüe de la derecha más conservadora y patriotera.

Su único premio en vida

Un joven Miguel Hernández, con poco más de 20 años, se encontraba con las bases del concurso publicadas en la revista Destellos de Orihuela. El destino y el afán por crecer como poeta, a fuerza de sacrificios y fe ciega en su trabajo con los versos, quiso que el único premio que recibiera a lo largo de toda su vida se lo concediera la Sociedad Artística Orfeón Ilicitano.

El 25 de marzo de 1931 el jurado del certamen del Orfeón Ilicitano otorgaba el máximo galardón en la categoría regional al poema titulado «Canto a Valencia», un extenso poema de 138 versos, presentado con el lema «Luz… Pájaros… Sol…», en el que Miguel Hernández dedicaba mucho espacio y sensibilidad al paisaje y las gentes de la zona mediterránea, con un destacado protagonismo de Valencia, el Mediterráneo, Alicante, el Segura, Murcia, y especialmente Elche, donde a lo largo de 16 versos se encajaba con hábil delicadeza desde un gran bosque de palmeras hasta el Domingo de Ramos, el Huerto del Cura y la Dama de Elche.

Hernández ha sido, por cierto, uno de los autores más estudiados por el intelectual alicantino Vicente Ramos, de quien hablamos en este artículo de El Faro de Valencia.

Según consta en los fondos documentales de la Biblioteca Central Pedro Ibarra de Elche, con motivo del tercer aniversario del Orfeón Ilicitano se organizó un certamen literario «con el objeto de rendir el más merecido tributo a Valencia».

El reconocimiento popular de Miguel Hernández comenzaba en la valenciana ciudad de Elche, hace 85 años, con este «Canto a Valencia».

CANTO A VALENCIA

Para cantar, Valencia, tu hermosura,
no empuño el arpa de oro
que Apolo tañe con experta mano;
sino el guitarro moro
que el áspero huertano,
el de jubón y policroma manta,
al expirar las tardes, en la puerta
de su barraca, pulsa, cuando canta
los melódicos aires de tu huerta.

Con emoción agarro
el musical guitarro,
que, sobre un limonero florido,
está callado y trémulo
como a la noche un pájaro en el nido.

Y aunque en el arte de cantar no ducho,
mientras como las ledas brisas raucas
rizan las ondas glaucas
de tus hermosos mares
miro, lo mismo que el precioso manto
de tu huerta y de tu cielo,
una canción te canto,
dejando huir en anheloso vuelo,
igual que una cometa,
mi feble fantasía de poeta.

¡Valencia…! ¡Orgullo mío!
¡Orgullo del que viera
en tu suelo feraz la luz primera!…
Tierra donde la luz radiosa y brava
se desborda de un sol de oros sutiles,
y donde nunca acaba
de ahitarse el florecer de los abriles.

Sembradora incansable
de nardos y azucenas,
de lirios blancos y claveles rojos
de penetrante aroma,
y de hembras deslumbrantes y morenas
que llevan en las venas y en los ojos
el ardor de las hijas de Mahoma.

Región en la que todo sueña y ríe:
en el éter hundido, el cerril monte
que de su torva majestad se engríe;
en la dormida alberca el horizonte;
en las espesas frondas
del olmo y el cañar el ave gaya;
las fugitivas ondas
en las blondas arenas de la playa.

Bajo el rudo moral la noria alarbe;
la anciana choza con su torva cruz,
junto a la comba del agudo azarbe
como un zigzag sin fin de clara luz.

Y entre las rizas flores
de tus vergeles magos
con paz, con sol y alegres resplandores
de arroyos cancioneros
y de fontanas tranquilas como lagos,
la moza de contornos hechiceros
y de mirares vagos…
Prodigadora espléndida de artistas,
a quienes das, apenas la naciente
alba dorada de su vida empieza,
con un ánima ardiente,
la suprema intuición de la belleza.

Hijo preclaro de tu tierra llana,
el forjador es de «Alma castellana»,
y el triste y prodigioso
de «El obispo leproso»,
en donde, con feliz brillar platero
al escapar de Oleza la bonita
vio titilar la gota de un lucero
sobre el techo infantil de una alba ermita.

Hijo glorioso tuyo fue Llorente
que te urdió mil estrofas diamantinas:
y el que desde unas áridas colinas,
mirando hacia el Oriente,
creía ver tus costas blanquecinas,
tu alegre campo y el cielo transparente…
Y aquel viejo y dulcísimo poeta,
que al Turia, el de las aguas espumosas,
infundió roncas voces congojosas,
en aquellas octavas
que así principian su rimado vuelo:
«corrientes aguas, puras y abundosas…»

Y tantos otros como los laureles
han ceñido de gloria y fama suma,
con la sublimidad de los pinceles
y el vigor del cincel y de la pluma.

Tierra de fiestas, de parranda y flores,
de naranjos y albahacas,
de bailes al compás de los tambores
y de alberas barracas
habitadas por recios labradores,
que cantan con primor de ruiseñores
y ríen con estrépitos de tracas.

Madre de la ciudad alicantina:
la de la tersa mar esmeraldina,
llena de blancas plumas
de risueñas gaviotas,
de nácares de velas y de espumas
y músicas de crespas olas rotas.

Madre de ese Alicante
que unge el Mediterráneo palpitante
y que te ofrenda en sus esplendorosos
dominios, con mil pueblos industriosos,
la sin par hermosura
de la vega de Oleza [Orihuela]
que junto a Murcia empieza
y hasta el mar azulenco se dilata,
y que huella el Segura
describiendo, gentil, eses de plata;
y Elche, con su gran bosque de palmeras
de arcos temblantes y de tronco hirsuto,
siempre bajo las crenchas altaneras
como perlas mostrando el áureo fruto.

¡Elche! Que la mañana cristalina
del Domingo de Ramos, ilumina
los templos milenarios
que truenan en sus hondos campanarios,
con la palma arrogante,
arqueada en un ático vaivén,
como si viera de nuevo la triunfante
entrada del Rabí en Jerusalén,
y que tiene una lira alta y segura,
con una enorme cuerda en cada rama,
en la Palmera mágica del Cura
siempre tronando en himno por la Dama.

Para cantar Valencia tu hermosura,
no empuño el arpa de oro
que Apolo toca con experta mano;
sino el guitarro moro
del trovador huertano.

El árabe instrumento,
que al dejarlo como un ave en el nido,
del arbusto pulido
donde lo hallé, sobre la florescencia,
oigo que dice con dulzón acento,
al rozar su cordaje el limpio viento:
¡Salve! ¡Salve, Valencia!…

 

Infancia de Miguel Hernández

Miguel Hernández Gilabert nació en Orihuela el 30 de octubre de 1910. La familia de Miguel estaba compuesta por el matrimonio, un niño, Vicente , y una niña, Elvira. El padre, Miguel Hernández Sánchez, se dedicaba a la crianza y pastoreo de ganado. Su madre, Concepción Gilabert Giner, se ocupaba de la casa. El matrimonio tuvo, en total, siete hijos, de los que sólo sobrevivieron cuatro: Vicente, Elvira, Miguel y Encarnación.

A los cuatros años del nacimiento de Miguel, su padre decide trasladar el hogar familiar a una casa más amplia, situada en la calle de Arriba de Orihuela (actualmente Casa Museo). La infancia del poeta transcurre entre los juegos y el trabajo.

Desde los siete años ayuda a su hermano Vicente en las tareas del pastoreo, aprendiendo de éste el oficio del ganado. Asiste a una guardería privada, situada en su misma calle.

Su padre consigue que le admitan en las Escuelas del Ave María, anexas al Colegio Santo Domingo. A la edad de nueve años se inicia el aprendizaje escolar de Miguel.

En el curso de 1924-1925 se incorpora Miguel a las clases, donde también estudiaba Ramón Sijé, el que más tarde sería su gran amigo. Pronto destaca el interés de Miguel por la lectura y los estudios, consiguiendo excelentes calificaciones.

En marzo de 1925 tiene que abandonar sus estudios en el Colegio Santo Domingo ante la crisis económica que atraviesa su familia.

Su padre le necesita para atender el ganado pero, pese a todo, él aprovecha sus horas de pastoreo en la sierra para seguir estudiando. Miguel se convierte en un asiduo visitante de la biblioteca de Luis Almarcha, sacerdote y canónigo de la catedral oriolana.

Es allí donde descubre a los principales escritores clásicos de lengua española, así como traducciones de escritores griegos y latinos. En esta etapa también se siente atraído por el teatro. Lee con avidez la colección teatral «La Farsa» y, junto con otros amigos, forma un grupo teatral. Miguel representa diversos papeles en actuaciones realizadas en la Casa del Pueblo y en el Círculo Católico.

Primeras publicaciones de Miguel Hernández (1925-1930)

Miguel Hernández empieza a escribir poesía, aproximadamente, hacia 1925. Su principal fuente de inspiración es el entorno en el que vive: la huerta, su patio, la montaña, las cabras, el pastoreo, el río, etc. Miguel aprovecha cualquier ocasión para escribir. Incluso tiene que esconderse de su padre, a quien le molesta esa afición poética de su hijo.

Algunos diarios de la provincia comenzaron a publicar sus primeros poemas. El primero que aparece publicado es el titulado «Pastoril», en el periódico local ‘El Pueblo de Orihuela’. Tras esta aparición pública del joven poeta se irán prodigando sus colaboraciones en la prensa local y, posteriormente, en la provincial.

Así, sus poemas van apareciendo en ‘Voluntad’, ‘Actualidad’, ‘El Día’, ‘Destellos’, ‘La Verdad’, etc. Se trata, en estos primeros ensayos creativos, de una poesía mimética en la que el joven Miguel va buscando su propia identidad a través de todas las lecturas que está realizando en esos momentos.

La mayor parte de estos poemas adolescentes están compuestos en arte menor combinando romancillos, octosílabos, heptasílabos, etc., con bastante destreza.

Se forma el llamado «Grupo de Orihuela», como fruto de la amistad entre Carlos Fenoll, Miguel Hernández y Ramón Sijé. Sus inquietudes literarias les animan a reunirse periódicamente en la tahona propiedad del padre de Carlos Fenoll.

Cada uno compagina su trabajo o sus estudios con estas aficiones literarias, por lo que tienen que celebrar las reuniones al acabar la jornada.

 

Estancia de Miguel Hernández en Madrid (1931-1936)

En 1931 realiza su primer viaje a Madrid y, al no encontrar el apoyo que esperaba, regresa a Orihuela. Participa en Orihuela en un homenaje a Gabriel Miró. En 1933 se edita su primer libro, ‘Perito en lunas’. En 1934 realiza su segundo viaje a Madrid. Este viaje supone un cierto triunfo para él.

Se publica en la revista ‘Cruz y Raya’ su auto sacramental ‘Quién te ha visto y quién te ve y sombra de lo que eras’. Comienza a relacionarse con grandes poetas como Alberti, Rosales, Aleixandre y Neruda. Regresa a Orihuela en verano. En septiembre formaliza su noviazgo con Josefina Manresa.

En noviembre de 1934, después de comenzar el drama titulado ‘El torero más valiente, vuelve a Madrid’. En esta ocasión conocerá mejor el ambiente literario. En 1935 colabora en las Misiones Pedagógicas.

Comienza su trabajo en la enciclopedia ‘Los Toros’, con José María de Cossío. Miguel participa, en Cartagena, en un acto-homenaje a Lope de Vega. Escribe el drama ‘Los hijos de la piedra’. Su amigo Ramón Sijé fallece en diciembre de 1935.

En 1936 publica su «Elegía» dedicada a Ramón Sijé. Se edita su libro de poemas ‘El rayo que no cesa’. Termina su obra teatral ‘El labrador de más aire’. Se incorpora al Ejército Popular de la República. Es nombrado Comisario de Cultura.

Guerra Civil Española y muerte de Miguel Hernández (1937-1942)

En febrero de 1937 es destinado en Andalucía al «Altavoz del Frente». En marzo se casa con Josefina Manresa. Participa en el II Congreso Internacional de Intelectuales en Defensa de la Cultura, celebrado en Valencia. Realiza un viaje a la URSS, formando parte de una delegación española enviada por el Ministerio de Instrucción Pública, para asistir al V Festival de Teatro Soviético.

Se publican ‘Viento del Pueblo’, ‘Teatro en la guerra’ y ‘El labrador de más aire’. En diciembre nace su primer hijo, Manuel Ramón. En otoño de 1938 muere su hijo y ello provoca una serie de poemas que anuncia en su libro ‘Cancionero y romancero de ausencias’. Escribe el drama ‘Pastor de la muerte’. Actúa como soldado, y como poeta, en diversos frentes.

En 1939 nace su segundo hijo, Manuel Miguel. En abril el general Franco declara concluida la guerra. Miguel intenta escaparse a Portugal, pero se lo impide la policía portuguesa y es entregado a la Guardia Civil fronteriza.

Tras su paso por Huelva y Sevilla, en la prisión de Torrijos en Madrid, donde compone las famosas «Nanas de la cebolla». Puesto, inesperadamente, en libertad, es detenido de nuevo en Orihuela. En 1940 se le traslada a la prisión de la plaza de Conde de Toreno en Madrid. Es condenado a la pena de muerte.

Más tarde la condena es conmutada por la de 30 años de prisión. En septiembre, es trasladado a la prisión de Palencia y en noviembre, al penal de Ocaña. En 1941 es trasladado al Reformatorio de Adultos de Alicante. Se manifiesta en Miguel una grave afección pulmonar que se complica con una galopante tuberculosis.

En 1942 muere Miguel Hernández en la enfermería de la prisión alicantina, siendo enterrado en el cementerio de Nuestra Señora del Remedio de Alicante. Contaba, a su muerte, con 31 años de edad.

VIENTOS DEL PUEBLO

Vientos del pueblo me llevan,
vientos del pueblo me arrastran,
me esparcen el corazón
y me aventan la garganta.

Los bueyes doblan la frente,
impotentemente mansa,
delante de los castigos:
los leones la levantan
y al mismo tiempo castigan
con su clamorosa zarpa.

No soy un de pueblo de bueyes,
que soy de un pueblo que embargan
yacimientos de leones,
desfiladeros de águilas
y cordilleras de toros
con el orgullo en el asta.
Nunca medraron los bueyes
en los páramos de España.

¿Quién habló de echar un yugo
sobre el cuello de esta raza?
¿Quién ha puesto al huracán
jamás ni yugos ni trabas,
ni quién al rayo detuvo
prisionero en una jaula?

Asturianos de braveza,
vascos de piedra blindada,
valencianos de alegría
y castellanos de alma,
labrados como la tierra
y airosos como las alas;
andaluces de relámpagos,
nacidos entre guitarras
y forjados en los yunques
torrenciales de las lágrimas;
extremeños de centeno,
gallegos de lluvia y calma,
catalanes de firmeza,
aragoneses de casta,
murcianos de dinamita
frutalmente propagada,
leoneses, navarros, dueños
del hambre, el sudor y el hacha,
reyes de la minería,
señores de la labranza,
hombres que entre las raíces,
como raíces gallardas,
vais de la vida a la muerte,
vais de la nada a la nada:
yugos os quieren poner
gentes de la hierba mala,
yugos que habéis de dejar
rotos sobre sus espaldas.

Crepúsculo de los bueyes
está despuntando el alba.

Los bueyes mueren vestidos
de humildad y olor de cuadra;
las águilas, los leones
y los toros de arrogancia,
y detrás de ellos, el cielo
ni se enturbia ni se acaba.
La agonía de los bueyes
tiene pequeña la cara,
la del animal varón
toda la creación agranda.

Si me muero, que me muera
con la cabeza muy alta.
Muerto y veinte veces muerto,
la boca contra la grama,
tendré apretados los dientes
y decidida la barba.

Cantando espero a la muerte,
que hay ruiseñores que cantan
encima de los fusiles
y en medio de las batallas.

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